Discworld sketches 03


Rincewind i l'iconograf de DuesFlors. Està en marxa...

Aquí teniu l'escena del llibre:

Entretanto, Dosflores había abierto la tapa del Equipaje y sacaba apresuradamente unpesado objeto cúbico de color negro.

Observó de soslayo la caja negra, casi esperando que estallara, o empezara a emitirextraños tonos musicales.

Él también observaba la caja negra. Dosflores les sonrió alegremente.

Rincewind bajó la vista para mirar la caja. Tenía un ojo redondo de cristal que salía del centro de una de las caras, y una palanquita detrás.

Es un instrumento para hacer dibujos rápidamente -explicó Dosflores-. Un invento

bastante reciente.

Tiene una caja con un demonio que pinta cuadros -abrevió Rincewind-. Haced lo que dice este loco, y os dará oro.

Los Vigilantes sonrieron, un tanto nerviosos.

Me gustaría que salieras en la pintura, Rincewind. Así, perfecto. Dosflores sacó el disco dorado que Rincewind había visto antes, y escrutó un momentosu superficie.

Bastará con treinta segundos -dijo animado-. ¡Por favor, sonreíd!

¡Sonreíd! -ordenó Rincewind. En la caja sonó un zumbido.

¡Perfecto!

Rincewind contempló atónito el pequeño cuadrado de cristal. Allí estaba él, desde

luego: una diminuta figura, con todos sus colores, en pie delante de un grupo de

Vigilantes, todos con las caras éongeladas en un rictus aterrado. Un zumbido de terror sin palabras recorrió a los hombres que le rodeaban, cuando se inclinaron sobre su hombro para echar un vistazo.

Con una sonrisa, Dosflores se sacó de la bolsa un puñado de monedas pequeñas, que ahora Rincewind reconocía: cuartos de rhinu. El extranjero guiñó un ojo al mago.

Tuve un problema parecido cuando me detuve en las Islas Marrones -dijo-. Creenque el iconografo les roba un trozo del alma. Es divertido, ¿no?

Sssí -dijo Rincewind.

Pero consideraba que estaba perdiendo su parte privilegiada en la conversacion.

Aunque yo creo que no se me parece demasiado -añadió.

Es muy fácil de manejar -dijo Dosflores, ignorándole-. Mira, lo único que tienes que hacer es apretar este botón. El iconógrafo hace el resto. Ahora, yo me pondré al lado de Hrun, y tú sacarás la pintura.

Las monedas tranquilizaron la inquietud de los hombres como sólo el oro puede

hacerlo, y Rincewind se sorprendió al descubrir, medio minuto más tarde, que tenía en las manos un pequeño retrato en cristal de Dosflores. El turista agarraba una gran espada mellada, y sonreía como si todos sus sueños se hubieran hecho realidad.

Durante las largas primeras horas de la tarde, visitaron la ciudad siguiendo una ruta en dirección Dextro, a partir del río, Dosflores abría el camino, con la extraña caja de dibujos colgada del cuello mediante una cinta. Rincewind le seguía de cerca,

quejándose a intervalos y parándose de cuando en cuando para asegurarse de que aún llevaba la cabeza sobre los hombros.

En cualquier caso, Dos-flores estaba encantado tomando pintura tras pintura de gente enzarzada en lo que él describía como «actividades típicas». Y como un cuarto de rhinu cambiaba de propietario «por las molestias», una cola de asombrados y felices nouveaux-riches le siguió pronto, por si aquel loco explotaba en una lluvia de oro.

Una larga sesión en los Pozos de Putas dio como resultado buen número de pinturas, tan coloridas como instructivas. Rincewind se guardó discretamente unas cuantas, para estudiarlas más detalladamente en privado. Cuando los vapores se despejaron de su cerebro, empezó a preguntarse en serio cómo funcionaba el iconógrafo.

Hasta un mago fracasado sabía que algunas sustancias eran sensibles a la luz. Quizá aquellas placas de cristal estaban tratadas mediante algún proceso arcano, que congelaba la luz al atravesarlas. Tenía que ser algo por el estilo. Rincewind sospechaba a menudo que, en alguna parte, tenía que haber algo mejor que la magia. Y a menudo sufría decepciones.

De cualquier manera, aprovechó todas las oportunidades de manejar él mismo la caja. Dosflores accedió encantado, pues así, el hombrecillo podía salir en sus propias pinturas. Fue entonces cuando Rincewind advirtió algo extraño. La posesión de la caja confería al que la controlaba una especie de poder; cualquiera situado delante del ojo hipnótico de cristal obedecía las órdenes más perentorias sobre postura y expresión.

Así estaban las cosas cuando, en la Plaza de las Lunas Rotas, llegó el desastre.

Dosflores había posado junto a un asombrado vendedor de hechizos. Su multitud de recientes admiradores le observaba con interés, por si hacía alguna locura graciosa.

Rincewind hincó una rodilla en el suelo, la mejor postura para tomar el cuadro, y

apretó la palanca mágica.

Es inútil. Me he quedado sin rosa -dijo la caja.

Una puertecita, hasta entonces ignorada, se abrió frente a sus ojos. Una figura

humanoide, pequeña, verde y con horribles verrugas se asomó al exterior,

mostrándole en una mano engarfiada una paleta de pintor con costras de colores,

gritándole furioso.

— ¡No hay rosa! ¿Lo ves? -graznó el homúnculo-. Es inútil que sigas apretando la

palanca si no queda rosa, ¿no crees? Si querías rosa, no debiste sacar todas aquellas pinturas de jovencitas, ¿verdad? De ahora en adelante, blanco y negro, o nada. ¿Entendido?

Muy bien. Claro. Cómo no -asintió Rincewind.

En un rincón oscuro de la caja, le pareció ver un caballete de pintor y una pequeña

cama sin hacer. Deseó equivocarse.

— Pues que quede entendido -gruñó el duende, cerrando la puerta de golpe.

Rincewind creyó oír el sonido lejano de más gruñidos, y el ruido de un taburete al ser arrastrado por el suelo.